Corre, esas personas que hay se van a colar, sitúate delante de ellas, verás que bien lo vamos a pasar. Nos montamos, estamos preparados para la acción, la montaña rusa se pone en marcha. Siento como el aire me despeja, me inquieta y a la vez me desespera, y esa sensación me encanta. Me voy a montar en una montaña rusa. Me encantan las montañas rusas. La subida, una desesperación de un deseo que quiere salir, y que llega a su punto más álgido en el punto más alto. La caída, un desahogo cumplido ante esa desesperación que esperaba tan ansiada por llegar arriba y que simplemente, llegó. Pero mientras sube, siento como en la vida, en la vida real, es precisamente al revés como vivimos la montaña rusa, no deseamos bajar, ni deseamos llegar al punto más alto para después caer, simplemente deseamos quedarnos ahí, quietos, sin movernos, la caída? un terrible temor. Y sin querer, estoy pensando en ti, de nuevo, otra vez, tú... así eres. Llegas sin avisar, te vas sin despedirte, sin reclamos. ¿Me duele? Da igual, siempre a sido así. Me llevas hacia la subida casi sin darme cuenta, tan rápido que me haces tocar la cima en un segundo para después, sin apenas tiempo para pestañear, sin enterarme de cómo ni siquiera ha sido la caída me encuentro en el punto final de la atracción, teniendo personas a mi lado que desean subir y que por desgracia debo de dar por finalizado mi turno, les toca a ellas subir y experimentar lo mismo que he experimentado yo. Adiós para siempre, fue grata la subida, para que mentir, fue dolorosa la caída... para qué mentir?
Mi turno ya acabó.
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